Sobre su pútrido trono, sin atender desesperanza mortal, penumbras se avivaban cuando animales de color nocturno eran sacrificados. Más allá de las entrañas de la tierra todo pertenecía a esta divinidad que solo gestaba turbiedad. El bravo joven osó mirar directamente al rostro de Hades pues solicitó la vuelta de la amada que vio descender víctima del veneno. Un mortal que vio el negro infierno, sus poesías, vomitadas a lo largo del subsuelo. Negación por parte del diabólico barquero. Pero una vez convencido, fue cruzada la línea entre lo vivo y lo muerto. Contempló el señor del inframundo, del duelo... El noble despliegue de la lira, sonido que cautivó su oculto interior. El alma que buscaba al fin fue entregada, Hades permitió que regresaran. Pero su amada se descompondría si el joven atrás miraba. La curiosidad durante el regreso lo consumía y el poeta miró atrás. Viendo cómo ella quedaba enjaulada en la eternidad, sumergida. Su amada ya no era más, solo algo subterráneo. Una vida dolorosa y sin calma vivió hasta el día que murió. Y al otro lado lo esperaba, resentida... Pero con los brazos abiertos, ambos condenados, con dicha danzaron muertos.