Abrazado por la agonía, soy testigo de la inmensidad del silencio que rodea el instante en que la sangre se derramará. Mis ojos ya no pueden ver, pero el mundo parece cristal. La vida escapa de mis manos como un suspiro en la tempestad. Entre sueños se quema esta realidad, sus cenizas se esparcen en el viento, el ángel de la muerte susurra un canto, apuñala su pecho, desangra su corazón. Bajo el tibio velo de la noche la luna aguarda como un lobo hambriento, deslumbrando con su luz espectral sobre el frío templo sepulcral.